Por: Jaime Bernal Cortesía: MLS
Hay temporadas que buscan un título. Y hay otras que buscan justicia narrativa. Para Inter Miami, la MLS Cup no sería solo un trofeo: sería la escena final de una película que nadie imaginó que pudiera rodarse así. Una historia que comenzó entre sombras, errores y dudas, y que el próximo 6 de diciembre puede cerrar con el brillo más alto en el fútbol estadounidense.
Cuando uno vuelve al origen, entiende que Miami jamás tuvo un camino de película… al menos no uno amable. En 2020, el guion arrancó con un contratiempo grotesco: su debut en casa no pudo jugarse por la pandemia del Covid-19. El club estaba listo para presentarse ante su gente, para ensayar identidad, para inaugurar un capítulo. Pero la historia se congeló. Ese primer acto, literalmente, no tuvo escena.
Un año después, el giro dramático llegó en forma de escándalo. En 2021, Inter Miami fue sancionado por violar reglas de plantilla en los fichajes de Blaise Matuidi y Andrés Reyes. La multa de dos millones de dólares y la reducción de su asignación golpearon directamente la credibilidad de la franquicia. En una liga donde cada detalle administrativo pesa tanto como los goles, Miami quedó marcado como un proyecto que ni siquiera podía construir bien sus cimientos.
Como si eso fuera poco, las eras de Diego Alonso y Phil Neville añadieron otra capa de turbulencia y dramatismo. Fueron etapas llenas de búsqueda, frustración y más preguntas que respuestas. No había identidad, no había estabilidad y, sobre todo, no había un rumbo claro. El club parecía vivir en piloto automático emocional.
La llegada de Messi en 2023 cambió la percepción global, sí, pero no la tabla. Aquel año el equipo terminó 14° en el Este y se quedó fuera de los playoffs. Sin embargo, hubo una escena decisiva: ganó la Leagues Cup, el primer título en su historia, un destello que encendió por primera vez la posibilidad de que todo podría cambiar.
Y en 2024, todo pareció cambiar. Inter Miami ganó el Supporters’ Shield, rompió récords y sumó 74 puntos. Pero otro giro cruel los esperaba: quedaron eliminados en los playoffs, un fracaso que reabrió heridas y dejó la sensación de que el equipo estaba destinado a quedarse siempre a un paso.
Por eso lo que pasa en 2025 tiene tanto peso dramático. Esta temporada fue la más exigente en la historia del club: cuatro torneos jugados —MLS, Concachampions, Mundial de Clubes y Leagues Cup—, caídas en semifinales y finales, una nómina corta y un desgaste emocional que hubiese derrumbado a cualquier otro equipo de la liga. Pero Inter Miami, por primera vez, con Javier Mascherano en el banquillo, no cayó. Aguantó. Y llegó.
Y arriba justo a tiempo para transformar la final en una escena imborrable: será el último partido de las carreras de Sergio Busquets y Jordi Alba, dos campeones del mundo que eligieron cerrar su legado en el sur de Florida. Será también el último partido en la historia del Chase Stadium, un escenario que, si la MLS Cup se queda en casa, quedará convertido en un templo deportivo.
Y, por supuesto, está Messi. Esta final no sería solo su oportunidad de coronarse en la MLS: sería su cierre perfecto. Justo después de convertirse en el máximo asistidor en la historia del fútbol (405), el astro argentino llega a un partido que puede encapsular todo lo que ha representado para Estados Unidos y para el renacimiento de esta franquicia. Una MLS Cup pondría el broche de oro a su paso por el club, consolidándolo como el corazón emocional y deportivo de una transformación colosal.
Cuando suene el pitazo final, Inter Miami tendrá dos posibles destinos. Pero si ese título llega, no será solo un logro deportivo. Será un final cinematográfico al mejo estilo de Hollywood, una redención completa, la prueba de que incluso los proyectos nacidos entre errores, sanciones, pandemias y frustraciones pueden, con el tiempo y con Messi, convertirse en historias que parecen escritas para la pantalla grande.
Un cierre perfecto. Una película completa. Un título que lo cambiaría todo.